Junto al bosque

Historias pequeñas y grandes

Una de piratas 17 mayo 2009

Filed under: Curiosidades — juntoalbosque @ 08:00

En el año señalado había ido a vivir con mis padres a Kinaird, por encima de Pitlochry. Allí salía a pasear por los rojos páramos y junto a los arroyos dorados (…). Adoro el aire de mi tierra natal, pero él no me quiere a mí, y este delicioso periodo finalizó con un resfriado, un sarpullido y una migración a través de Strathairdle y Gelnshee al Castleton de Braemar.

(…) debí resignarme a pasar la mayor parte del tiempo entre cuatro paredes, en una casa lúgubremente conocida como “La cabaña de la difunta señorita McGregor”. Y ahora, admirad el dedo de la predestinación. Había un niño en la cabaña de la difunta señorita McGregor, un niño en casa de vacaciones, muy deseoso de “lanzar su mente al asalto de escarpadas cumbres”. No pensaba en la literatura; era el arte de Rafael el que recibía sus fugaces votos, y con la ayuda de pluma y tinta y de una caja de acuarelas de un chelín, pronto transformó una de las habitaciones en galeria de arte. Mi deber mas inmediato para con dicha galería consistía en ser espectador, pero a veces me relajaba un poco, me unía al artista (por así llamarlo) en su caballete y pasaba la tarde con él, en generosa emulación, creando dibujos de colores. En una de esas ocasiones diseñé el mapa de una isla: estaba muy elaborado y (creo) bellamente coloreado. Su forma se apoderó de mi imaginación de un modo que apenas puedo expresar: contenía puertos que me complacían tanto como sonetos, y, con la inconsciencia del predestinado, etiqueté mi creación como La Isla del Tesoro (…).

De un modo parecido, segun me ensimismaba en mi mapa de La Isla del Tesoro, los futuros personajes del libro comenzaron a hacerse visibles entre los bosques imaginarios, y sus rostros tostados y sus armas relucientes me espiaban desde lugares insospechados, mientras iban de aquí para allá luchando y buscando el tesoro en esas pocas pulgadas cuadradas de una proyección plana. Lo siguiente que supe es que tenía algunas hojas de papel ante mí y estaba poniendo por escrito una lista de capítulos. ¡Cuan a menudo había realizado esa acción y la cosa no había ido mas allá!. Pero parecía haber ciertos elementos de éxito en esta empresa. Sería una historia para niños, nada de psicología o escritura exquisita, y tenía un niño al lado como piedra de toque. Las mujeres estaban excluidas. Yo era incapaz de manejar un bergantín (lo que La Hispaniola debía haber sido), pero pensé que podría fácilmente transformarla en una goleta, a la cual podía hacer navegar sin complejos. Y además tenía una idea para John Silver que me prometía entretenimiento sin medida (…).

La Isla del tesoro -fué el señor Henderson quien desechó el primer título, El cocinero de a bordo-, apareció a su debido tiempo en la revista, donde ocupaba el ignominioso centro, sin grabados, y no atrajo la mas mínima atención. No me importó. A mí me gustaba la historia por la misma razón que a mi padre le había gustado el comienzo: se ajustaba a mi imaginario particular. Estaba, además, no poco orgulloso de John Silver, y hasta el dia de hoy he seguido admirando a ese escurridizo y formidable aventurero. Y lo que era un mas liberador: había traspasado una frontera, había terminado una historia y escrito “Fin” (…).

(Robert Louis Stevenson, El arte de escribir)

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