Junto al bosque

Historias pequeñas y grandes

Dos listos muy listos 1 junio 2009

Filed under: Mitologia — juntoalbosque @ 08:52
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Heracles ya tenía casi todo el trabajo hecho. Despues de matar al león de Nemea y a la hidra de Lerna, capturar a la cierva de Cerinia y al jabalí de Erimanto, limpiar los establos de Augías en un día, matar a los pájaros del Estínfalo, capturar al toro de Creta, robar las yeguas de Diomedes, el cinturón de Hipólita y el ganado de Gerión, solo le quedaban dos pruebas: robar las manzanas de oro del jardín de las Hespérides y capturar a Cerbero, el perro guardian de los infiernos.

Con esto habría saldado por fin su deuda, marcada por el rey Euristeo, por matar a sus propios hijos en un arranque de furia.

Encontrar la situacion exacta del jardín no era cosa facil. Primero tuvo que atrapar y encadenar a Nereo, dios de las olas del mar, para obligarle a prestarle su ayuda. Nereo le remitió a Prometeo, que tenía mas datos.

Prometeo llevaba 30 años encadenado a una roca mientras un águila le devoraba el hígado, que inmediatamente volvía a crecer. Encantado aceptó a echar una mano a Héracles, a cambio de ser liberado. Heracles disparó con su arco al águila y luego soltó las cadenas de Prometeo.

-Las Hespérides son las nueve ninfas que cuidan el jardín que buscas -le contó- A veces se las llama Doncellas de Occidente, Hijas del Atardecer o Diosas del Ocaso porque se las sitúa en el lejano oeste, en unas islas situadas en el extremo del mundo también llamadas Islas Afortunadas. Ten cuidado con ellas, pues sus voces son hechizantes y pueden cambiar de forma para enloquecer a quienes las ven. Puedes pedir ayuda a mi hermano Atlas, que también sufre un duro castigo por participar junto a los Titanes en la guerra contra los Olímpicos.

También le contó la historia de los manzanos que daban frutos de oro, que eran un regalo de bodas de Hera a Zeus. Una de esas manzanas fue utilizada por Discordia para enfrentar a los dioses.

Heracles siguió su camino y cuando ya estaba a punto de llegar al punto donde estaba el jardín se topó con Atlas.

Como bien le había explicado Heracles, Atlas sufría un duro castigo: tenia que soportar el peso de la boveda celeste por toda la eternidad.  Y allí estaba, sudando y gimiendo cuando apareció Heracles y le preguntó por donde se llegaba al jardín de las Hespérides.

– El jardín…uf!, el jardín… si, es por ahí -señaló con un movimiento de barbilla- pero es peligroso si no conoces el lugar. El dragón Lidón guarda las manzanas de oro. Las Hespérides son encantadoras pero peligrosas. Las conozco muy bien: son mis hijas. Me han dicho que buscabas un par de esas manzanas, ¿verdad?. Estoy pensando que, si no te importa sujetarme esto un momentito, yo mismo voy y te las traigo.

Heracles valoró la propuesta y finalmente aceptó. El precio era sujetar un rato la pesada bóveda celeste, pero para él eso era pan comido.

Al cabo de unas horas, Atlas regresó llevando consigo un par de manzanas de oro.

– ¡Vaya!- observó- Te veo muy suelto. Yo creo que lo harías mucho mejor que yo. Me parece que te voy a regalar mi puesto.

– ¡Oh! Que estúpido soy.  -respondío Heralces apesadumbrado- Desde luego, ya me vale.   Anda, sujeta un momentito, que me pongo la capa de almohadilla para resistir mejor el peso.

El listo de Titán cayó como un tonto, dejó las manzanas en el suelo  y cogió la bóveda celeste. Y Heracles salió corriendo con las manzanas en busca de su última prueba mientras Titán daba cuenta de todo su repertorio de juramentos griegos.

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