Junto al bosque

Historias pequeñas y grandes

Rada y Krishna 9 mayo 2009

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Dentro del bosque, el lugar circular de aquella danza estaba deliciosamente rociado con aloe, azafran, sándalo y almizcle. Cerca había numerosos lagos placenteros y jardines llenos de flores; gansos, patos y otras aves acuáticas nadaban en las cristalinas superficies y por doquier había mangos y plátanos. Y Krishna, al ver aquel claro y las aguas frescas en las que podían lavarse las fatigas de la pasión, sonrió y tocó la flauta para convocar a las gopis al amor.

Radha, al escuchar la melodía en su morada, se quedó inmovil como un árbol y su mente se desvaneció en la contemplación de un único objeto. Cuando se recuperó y volvió a escuchar el sonido de la flauta, se agitó. Se levantó. Se sentó. Después, olvidando todos sus deberes, salió precipitadamente de la casa y, mirando en todas direcciones, se apresuró en la dirección de donde procedía el sonido con el pensamiento puesto en los pies de Loto de Krishna. El esplendor de su cuerpo y el brillo de sus joyas iluminaron el bosque.

Las otras gopis, sus treinta y tres compañeras, también fueron asaltadas por la pasión al escuchar la flauta y, olvidando sus deberes de esposas, se dirigieron al bosque -las mejores de su raza-. Eran iguales en edad, belleza y vestido, y cada una iba seguida de muchos miles: Shushila, de dieciseis mil; Madhavi, de once mil, etc., hasta sumar novecientas mil. Muchas llevaban guirnaldas en las mano; otras, sándalo; otras, almizcle; muchas portaban oro; otras, azafrán; otras, tejidos. Por el camino, cantaban el nombre de Krishna y cuando llegaron al lugar de la danza, lo que vieron era mas maravilloso que el cielo, radiante a la pura luz de la luna.

Una suave brisa llevaba el perfume de las flores, las abejas zumbaban por todas partes y el arrullo de los cuclillos habría seducido los corazones de los santos. Las mujeres estaban turbadas. Y el señor Krishna vio con placer que Radha, como una joya entre todas, se aproximaba con miradas traviesas. Su paso seductor, majestuoso como el porte de un elefante, hubiera perturbado la mente de un yogui, pues estaba en la flor de su juventud, devastadora. Sus caderas y nalgas eran maravillosamente grandes; el color de su piel era commo la flor de la champaca; su rostro era la luna de otoño; llevaba el pelo sujeto con una guirnalda de fragantes jazmines; y cuando vio que el joven Krishna, maravillosamente oscuro, la estaba observando, turbada, se cubrió la cara con el borde de su vestido, pero una y otra vez le devolvió la mirada y, herida por la flecha del Amor, se sintió tan estremecida de arrobo que casi desfalleció.

(Brahmamavaivarta Purana, s.XIV)