Junto al bosque

Historias pequeñas y grandes

El pequeño Dios que detuvo al sol 25 mayo 2009

Filed under: Cuentos y leyendas,Mitologia — juntoalbosque @ 08:56
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Cuando Maui era joven, los dias eran muy cortos. Maui vivia con su madre, que nunca conseguía completar sus tareas antes de que se pusiera el sol.

Pero desde su nacimiento Maui, pequeño en tamaño pero grande en astucia y conocido con el apodo de “El de las mil estratagemas”, tenía solución para todo. ¿Y si consiguiera hacer que el sol se moviera mas lentamente?.

Armado de unas fuertes cuerdas hechas de fibra de coco y una maza, partió hacia el Este y allí esperó a que el sol apareciera, como cada mañana. Cuando este asomó su cabeza, le arrojó el lazo. Pero la cuerda se quemó.

No se iba a rendir tan facilmente. Para su segundo intento preparó una cuerda con los cabellos de su esposa Hina, cogió la mandibula de su abuela  y se llevó a sus cinco hermanos como ayudantes.

Una vez mas, el sol asomó su cabeza por el horizonte y Maui lo atrapó con la cuerda mágica-ignífuga. Entre los seis hermanos tiraron de ella hasta detener al sol. Para rematar, lo golpeó con la mandibula y el sol se quedó tan debil que ya no podia correr. Solo arrastrarse lentamente por el cielo. Pero Maui solo aceptó liberarle cuando el sol se comprometió a viajar  mas despacio, para que la gente tuviera tiempo de realizar sus tareas.

No fue la unica hazaña digna de mención de Maui. En otra ocasión robó el fuego del mundo subterraneo para darselo a la humanidad. Lo tenía la diosa Mahuika, abuela de Maui,  en la incandescentes yemas de sus dedos. Maui logró que le diera uno de sus dedos para que los hombres pudieran calentarse y cocinar su comida pero en el viaje de regreso lo perdió y volvió a pedir otro dedo. Mahuika se enfureció tanto que arrojó el dedo sobre un bosque, que se incendió causando una gran catástrofe. Maui pidió ayuda a los dioses de la lluvia y el incendio se apagó pero muchas semillas de fuego habian quedado en los árboles que desde ese momento sirvieron a los hombres para hacerlo a su voluntad.

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El carro de papá 23 mayo 2009

Filed under: Mitologia — juntoalbosque @ 14:22
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En tiempos lejanos, el sol no era una inerte estrella perdida en el universo, sino un hermoso Dios llamado Helios que, coronado por una brillante aureola, recorria diariamente el cielo montado en un carro tirado por briosos corceles. Cada dia hacia la misma ruta, de Este a Oeste, desapareciendo tras el horizonte y regresando de nuevo en la mañana para dar calor y luz a la tierra, a la distancia justa, para que las plantas, los animales y los hombres pudieran vivir sin sobresaltos.

Uno de esos hombes era Faetón, hijo de una mujer humana llamada Climene y del propio Helios. Faetón sabía quien era su padre y admiraba y se enorgullecia de su labor. Ante sus amigos alardeaba de ser el hijo del Dios-Sol, pero estos no le creían y se burlaban de él. Realmente, Helios apenas había tenido relación con su hijo pues estaba continuamente ocupado en su viaje celestial. Todas estas cosas apesadumbraban a Faetón.

Así que un dia, con ayuda de su madre, Faetón logró llegar hasta su padre y contarle las burlas a las que le sometían sus amigos, rogándole ayuda. Helios, preocupado por su hijo y para intentar darle consuelo, le prometió concederle el don que le pidiese.

– ¿Sea cual sea?

– Lo que quieras.

– Entonces deseo conducir tu carro durante un dia, para que todos me vean y así comprueben que realmente soy hijo tuyo.

Al oir semejante exigencia, Helios se arrepintió de lo dicho, pero la promesa ya estaba hecha.

– ¿Estas seguro, Faetón?. Conducir mi carro no es ningún juego. La vida sobre la tierra depende de él.  Cualquier error podría ocasionar una catástrofe.

– Dime como hacerlo y lo haré. Sé que soy capaz.

– Son corceles indómitos, que solo la mano de un Dios puede guiar adecuadamente.

– Me prometiste que me concederias lo que te pidiera.

Helios asintió. Realmente había hablado muy deprisa pero no podía hacer otra cosa que conceder el deseo a su hijo. Para intentar evitar males mayores, le dio una serie de consejos: sujetar firmemente las riendas; no mirar hacia abajo; no perder la concentración durante todo el dia…

A la hora fijada desde el principio de los tiempos, el carro de Helios partió desde el horizonte guiado esta vez por la mano de Faetón. Al principio, el joven siguió las advertencias de su padre, pero poco a poco sus defectos humanos fueron apoderandose de él.  Henchido de vanidad, miró hacia abajo para ver su obra, con lo que perdió el control de las riendas. Los caballos se desviaron de la ruta y se acercaron demasiado a la tierra. El calor hizo arder bosques y casas, destruyó cosechas, secó rios y lagos. Asustado, Faetón tiró de las riendas para hacer subir a los caballos, pero los elevó demasiado y lo que ocurrió esta vez fue que un intenso frio heló lo que se había salvado del fuego.

Jupiter fue informado de lo que estaba ocurriendo y fue a comprobar que, efectivamente, un inexperto y alocado joven conducía el carro de Helios y estaba ocasionando todas esas catástrofes. Sin pensarlo dos veces, le lanzó uno de sus rayos y Faetón cayó muerto en el rio Eridano.

Helios ocupó rapidamente su puesto y la vida volvió a la normalidad sobre la Tierra.